Bahía Blanca sopló 198 velitas. Lejos de los discursos oficiales y los actos de protocolo, la verdadera esencia de la ciudad se respira en sus plazas y en el testimonio de quienes caminan sus veredas (a veces, esquivando algún bache).
Por eso, salimos a la calle con un desafío simple pero revelador: definir a Bahía en solo tres palabras.
El resultado fue un mosaico de contradicciones que pintan de cuerpo entero la idiosincrasia bahiense: una mezcla agridulce de amor, hartazgo y esa resiliencia que parece ser un sello distintivo de “la puerta del sur argentino“.
La cara de la crisis: Baches y desencanto
Para algunos, y pese a la fecha tan particular, la primera palabra que viene a la mente no es precisamente una de celebración.
“Pozo, sorete y apoyo“, disparó una de las entrevistadas, resumiendo en tres conceptos la infraestructura, cierta aspereza social y, contradictoriamente, la solidaridad del bahiense.
El sentimiento de abandono fue un hilo conductor en los testimonios más críticos. Palabras como “destrucción“ y “corrupción“ aparecieron en el radar de los más jóvenes, quienes ven una ciudad que, en sus palabras, se siente “quedada“ o que transita un lento camino de la “reconstrucción“.
No es un dato menor: el bahiense es exigente y no teme decir lo que piensa frente a un micrófono.
El refugio de lo cotidiano: Lo “verde“ y lo “familiar“

Sin embargo, no todo es gris cemento (o falta de él). Existen muchos que la sienten como un hogar cálido.
Para la generación de nuestros mayores, la ciudad sigue siendo sinónimo de “felicidad, verde y familiar“.
Es ese lugar en el que todavía se disfruta de una caminata por el Parque de Mayo o en la tranquilidad de un barrio donde todos se conocen.
Esa dualidad se vio reflejada también en quienes, a pesar de reconocer el “desorden“, no dudaron en calificarla como una ciudad “linda“.
Las dos caras de la moneda
Hay quienes llegaron del campo u otras ciudades y sintieron el golpe del cambio. Desde aquellos que se involucraron en diversos voluntariados y vieron de cerca las carencias, hasta quienes, a pesar de todo, siguen encontrando en sus vínculos una razón para quedarse y amar a esta ciudad.
Pero también está esa otra cara que cualquiera que camine por la ciudad reconoce sin que se la tengan que contar.
Calles que hace tiempo piden arreglo, obras que no terminan de llegar y una sensación que tenemos varios bahienses de que hay cosas que podrían estar mejor.
Y no, no es solo una queja aislada, es algo presente en las charlas cotidianas, en lo que se comenta entre vecinos, en esa idea medio instalada de que Bahía Blanca tiene mucho potencial, pero nunca logra estar a la altura de eso.
Y ahí es donde la crítica deja de ser sólo negativa y pasa a ser parte de cómo se vive y se entiende la ciudad que habitamos.

Pero a pesar de todo eso hay algo que hace que muchos sigan eligiendo quedarse.
Quizás no resulta fácil de explicar, pero tiene que ver con la gente, con lo cotidiano, con esa mezcla rara entre ciudad y pueblo o ciudad con alma de pueblo, como claman algunos.
Porque ser de Bahía Blanca no es decir que todo está bien, sino más bien todo lo contrario: es conocer sus fallas y señalarlas, pero aun así es sentir que hay algo ahí que vale la pena.
El “empuje“ hacia los 200

A solo dos años del bicentenario, el relevamiento deja una sensación clara: Bahía Blanca atraviesa una crisis de identidad urbana, pero mantiene vivo un motor interno. La palabra “apoyo“ y “empuje“ se repitieron como un mantra.
¿Qué es Bahía hoy? Es el bache que molesta, pero también es la mano tendida. Es la queja constante, pero también el orgullo de pertenecer a un lugar con historia.
A sus 198 años la ciudad no busca definiciones perfectas, sino ciudadanos que, entre tres palabras y un mate, sigan apostando por reconstruirla.
Autores: Sofía Goñi, Ángeles Cretton, Ángelo Piccinini y Rocío Romero.